Hay huellas que se ven y huellas que no se ven.
Las huellas que se ven son impresiones, generalmente en el suelo, de un animal, objeto o persona que ha pasado por un lugar. Por ejemplo, en la arena de la playa. O en un camino enlodado. Inclusive en las aceras, si algún despistado (o atrevido) dejó su huella en el pavimento.
Invitemos a nuestro curioso a mirar hacia el suelo. Podemos toparnos con un montón de huellas: algunas de personas, unas descalzas, otras con hawaianas, o zapatos. Pies de distintos tamaños. Quizás alguna mano, el rastro de un vehículo o de un objeto. Podríamos ver huellas de animales: pájaros de patas con dedos, o membranas, huellas de perro, quizás de caballo. Invitar a nuestro curioso a mirar es una forma de despertar su curiosidad. ¿Quién ha estado aquí antes de nosotros? ¿Dónde están esos pájaros, ese perro? ¿Cómo es que un caballo pasó por aquí?
Desde tiempos inmemoriales las huellas han servido para dar información. Pensemos en los antiguos viajeros, que recorrían a pie o a caballo kilómetros para satisfacer sus necesidades. Para ellos, una huella podría guiarlo por el camino correcto. Podría representar esperanza: la cercanía a un poblado, la presencia de otro ser vivo, la existencia de un animal que pudiera proveerle de alimento. También podría representar peligro, la presencia de alguien o algo no deseado, o los rastros de una situación violenta; por ejemplo, las huellas que deja una pelea o escaramuza.
También hay huellas que no se ven. Son los recuerdos que deja una persona, un lugar o una experiencia, que nos sensibiliza y nos estampa para siempre. Palabras o acciobnes: de un profesor, un amigo, una madre, un abuelo, un amor. Un lugar especial, un momento, una comida, una canción. Nos dejan marcas, huellas imborrables.
¿Qué huella estamos dejando en ese pequeño curioso que camina a nuestro lado?
